A partir de la información expuesta en la entrada anterior, se deduce que el yo, para muchos conocido como alma, es producto enteramente del cerebro y de la actividad que éste genera.
Así pues, parece que no hay lugar para la idea del alma; el hilo de pensamiento, los estímulos, la consciencia y la concentración son suficientes para construir el yo.
Cabe tener en cuenta que el ser humano ha intentado desde siempre dar explicación a aquéllo que no comprendía, aunque tubiera que hacerlo mediante el uso de la intuición y la imaginación.
Así como se crearon dioses para explicar el funcionamiento de la naturaleza, se creó el alma para explicar el yo. ¿No es lógico entonces creer, o al menos cuestionarnos, si debemos seguir explicando el yo a partir de un concepto tan antiguo, sencillo e incompleto como lo es el alma? Por supuesto que es lógico, pues si nuestra especie no se cuestionara sus propios conocimientos, probablemente viviríamos aún en cavernas.
Pero resulta muy reconfortante seguir creyendo que en nosotros existe una parte que no es material, pues sólo si así fuera podríamos permanecer en este mundo más allá del día de nuestra muerte. Es por esta razón que tanta gente se aferra aún a la idea del alma, o bien de su adaptación moderna, aquélla a la que algunos dan el nombre de "energías". La cuestión es buscar siempre la forma de justificar la creencia en la vida después de la muerte, pero ¿cómo es posible que exista algo en este mundo, que no esté soportado por algo físico?, es decir, ¿cómo podrían permanecer vivas nuestras experiencias, la información almacenada en nuestra memoria, nuestra voluntad como individuos y en definitiva nuestro yo, sin un cuerpo físico el cual resulta completamente necesario para dicho fin?
Aquellos que decidan seguir creyendo en el alma o conceptos similares tras estas reflexiones, deberían ser honestos y admitir que lo que buscan no es la verdad, sino un placebo que actúe como analgésico ante la idea de la muerte. Personalmente sugiero que superemos este miedo.
Otro argumento debastador para la idea del alma, es que ésta no tiene ni ha tenido nunca ninguna utilidad práctica en términos evolutivos, a diferencia de todos los elementos que nos construyen como individuos. En un mundo regido por el estricto pragmatismo, como lo es el de la evolución, en el que todo existe por una causa, por una necesidad de adaptación, ¿qué sentido tiene para una especie el desarrollar un sistema por el cual cuando un individuo de la misma muere, es capaz de mantener una conciencia etérea? Absolutamente ninguno, resulta completamente inútil, por lo que automáticamente el creer en ello se convierte en algo absurdo, al margen de los posibles cuestionables beneficios psicológicos que ello comporte.
Finalmente, cabe comentar que en toda la historia de la humanidad, de todo el conocimiento que hemos acumulado hasta el momento, no hemos encontrado ninguna evidencia, ninguna sola prueba corroborable de la existencia del alma, por lo que todo apunta a que ésta es fruto de la imaginación propia de nuestra especie.
Algunos pensarán que el yo es una prueba de la existencia del alma, pero no lo es, pues en todo caso hablamos de un indicio, y es un indicio que puede ser explicado de una forma mucho más acurada. El alma no es el yo, sino un apéndice de éste, que le concede la vida eterna, para que nosotros podamos justificarla y seguir creyendo en ella cuando en una realidad como la nuestra ésta no resulta ni viable ni necesaria. El alma actúa entonces como una benda que cubre nuestros ojos adormeciendo, que no eliminando, nuestro miedo a la muerte, a cambio de la verdad y de nuestra capacidad para percibirla.
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